Oficios

Agricultura

Los oficios tradicionales en Marmilla se relacionan, en primer lugar, con el cultivo del grano, actividad que ha estado siempre en la base de la economía de la región. Los medios de producción del agricultor  fueron durante siglos las herramientas necesarias para trabajar el campo, desde la azada hasta la hoz, desde el arado hasta la grada; eran estos los instrumentos con los cuales se medían las habilidades del obrero, su resistencia a la fatiga, y, por ende, sus oportunidades de trabajo. Pero en realidad, en una zona en donde desde la Edad Media hasta mediados del siglo pasado fueron conservadas las características fundamentales de una comunidad estructurada en torno a la producción del grano, los medios de producción son todas las cosas con las que se tiene contacto cada día: son los animales, es la parte de la casa donde se guardan las herramientas, las bestias y la cosecha, es la tierra misma, de la que depende el sustento de toda la comunidad.

Es inevitable, por lo tanto, que hablando del oficio del agricultor, se explique el modo en el cual la tierra se subdividía y  las diversas figuras de la jerarquía social presente en un bidda (pueblo).

 Los propietarios de las tierras

Las figuras distinguidas eran los messàius mannus (grandes propietarios), por lo general, alrededor de diez, que eran dueños de más de la mitad de toda la sattu (campiña). Tenían casas proporcionales al tamaño de sus posesiones y, por lo tanto, a la cantidad de equipos, animales y cultivos por recoger. Después estaban los messaiéddus (propietarios de media envergadura), en cuyas manos se concentraba un cuarto de la sattu. Éstos participaban  directamente en los trabajos agrícolas, a menudo con la ayuda de los hijos, haciendo uso de mano de obra externa, sólo ocasionalmente. Los  messaiéddus a giu e carru poseían una yunta de bueyes y un kit de herramientas relacionadas, con la que se ponían al servicio de los grandes terratenientes. La parte restante de la tierra del pueblo se dividía entre el municipio, las entidades religiosas  y el noventa por ciento de la población, formada por pequeños propietarios, en cuyas manos estaba un quince por ciento de la tierra cultivable.

Con propiedades menores o  sin propiedad alguna, era imposible sobrevivir de manera independiente; por lo tanto, todas las personas es esta condición, estaban destinadas a ser serbidoris (sirvientes) de los propietarios.

 Los Contratos

Las relaciones económicas que los grandes y medianos propietarios tenían entre sí y con sus siervos estaban reguladas por diferentes contratos. Existía un contrato anual, llamado a mes’a pàri (la mitad para cada uno), celebrado entre el messàiu mannu y el mesapparìsta (aparcero). El contrato a milliorìa (para mejorar) establecía que el messàiu mannu pudieraconceder algún terreno baldío a algunos messaiéddu, con la condición de que éste lo cultivara (a la expiración del contrato, la tierra se dividía por la mitad, una parte regresaba a las manos del propietario y la otra se cedía a quien la había mejorado).

Las relaciones serviles

Debido a que carecían de la autonomía financiera suficiente, los sirvientes no tenían derecho a estos contratos de arrendamiento, destinados solo a los messaiéddus.

La posición más alta entre los serbidoris era ocupada por los sotzu, una especie de lugarteniente del propietario, que mientras trabajaba los campos supervisaba el trabajo de los demás. Les seguían: el s’òmini (hombre), el primer trabajador adulto, que también hacía las veces del vice-sotzu; el mes'òmini (medio hombre), una especie de obrero general; el boinàrgiu (bouvier), que antes, durante y después de la jornada de trabajo, cuidaba de los bueyes que tiraban el arado; y el boinargéddu, una especie de siervo aprendiz.

Los contratos serviles podrían ser anuales, temporales o diarios. Los primeros consistían en una tarifa mínima de compenso, más una cuota variable en función del año y del grado de jerarquía del trabajador. Los segundos consideraban solo dos figuras: el guardián y el cosechador. Este último era convocado por los propietarios cuando los siervos con contrato anual no eran suficientes para recoger el grano a tiempo. Los cosechadores de Marmilla, muy solicitados, a menudo trabajaban en otras zonas de la isla. Cada cosechador tenía derecho a llevar consigo una espigadora, y su retribución dependía de la cantidad de grano que cortaba. El contrato estipulaba que los siervos giorrunnadéris (diarios) trabajasen con pequeñas herramientas de mano de su propiedad, vivieran en su propia casa y llegaran antes del amanecer a casa del amo.

 El año de cosecha

El año comenzaba a capudànni (septiembre). Sin embargo ya en agosto se seleccionaba el grano que después se usaría como semilla. En septiembre, se iniciaba con la primera aradura. En octubre, se ejecutaba la tsréppadura (molienda de los terrones) con una azada o con la rastra tirada por toros. En noviembre, se procedía a arar nuevamente, en forma perpendicular a la primera aradura. A ésta última le seguía una segunda tsréppadura, para ablandar el suelo. Justo después de la segunda tsréppadura, se colocaban las semillas en el terreno. En diciembre, si el campo se había inundado por el agua de lluvia, se excavaba una red de canales de drenaje. En enero, se realizaba la primera labranza del año con el doble propósito de mantener el terreno blando y eliminar las malezas. En febrero, se llevaba a cabo la segunda labranza y en marzo la tercera. En abril se hacía la skabiskadùra (deshierbe). En junio se procedía a cosechar el grano.

 Artesanía

En los pueblos del LIC (Lugar de Importancia Comunitaria) “Giara de Gesturi” está todavía viva la tradición de la artesanía. Ésta comprendía la creación de objetos de arte y de uso diario. Sigue siendo importante, sin duda, el arte textil: las manos de las bordadoras cualificadas siguen creando refinados tapices, alfombras, chales y manteles. Vale la pena mencionar también  los oficios que florecieron en el pasado, gracias a la producción textil, y hoy en día conservan aún cierta importancia, como el oficio de la costurera, experta en el corte y confección, capaz de confeccionar la ropa de uso diario y la ropa de fiesta: los llamados trajes típicos, elaborados en cada pueblo con sus propias peculiaridades, formas y sus colores.

También importante, en el pasado, y en parte redescubierto en las últimas décadas, el arte de las cestas. En la zona de Marmilla se utilizan s'Ollastu (el olivo silvestre), su modditzi (la encina), su cannisoni (la caña) y s’arannada (el árbol de la granada) para elaborar los scarteddus (cestas), de forma diferente,  para los más diversos usos: po binnennai, po arregolii sitzigorru, po s’olia, is codrolinus, is drucis, su pani o su bistiri, o para el transporte de la uva durante la vendimia, para recoger setas, aceitunas, para guardar el pasteles, el pan o la ropa.

Expertos artesanos, herederos de los maestros que construyeron y decoraron las iglesias y las casas rurales de los pueblos localizados a los pies de la gran meseta, tallan magistralmente la piedra y la madera y baten el hierro, para dibujar objetos destinados al uso diario. No faltan tampoco herreros y orfebres; manos no menos expertas, desde hace algún tiempo están redescubriendo el trabajo de la obsidiana para la elaboración de joyas de gran elegancia.

Otra expresión del arte local es la cerámica, arte que en Cerdeña tiene orígenes remotos, orígenes que sirven aún de inspiración para los ceramistas modernos.

También conservan su vínculo con el pasado y con la tradición de la cocina local, los pequeños talleres y cooperativas dedicados a la preparación de productos alimenticios típicos de calidad (productos horneados, carnes, quesos, miel y azafrán).

 

Related contents